martes, 4 de mayo de 2010

Las sombras de la tierra



Un cuerpo es una potencialidad benévola ofrecida por los demonios. Tres días con cuarenta grados de fiebre son extenuantes. Sobre todo para quien detrás de una siesta obligatoria encuentra que no sólo el mundo sigue siendo la misma ignominia que era setenta y dos horas antes, sino que además se descubre alejado de su hermana y su vieja amiguita de rulos frondosos. Para enterarse de que la madre de otra amiga y seguidora de este blog acaba de morir.

Este posteo iba a llamarse San Telmo y sólo iba a contener fotografías de mi nueva pieza en su despojo, para que ustedes la organicen a su arbitrio y así yo pueda leer y dormir en un sitio confortable y amablemente trazado por los amigos que envían flores y sapos en forma de comentarios. Iba a contarles lo feliz que me sentí al alejarme con la camioneta del flete de ese barrio de viejos miedosos, de jóvenes amargados y mujeres resentidas. Feos y mezquinos fantasmas que deseo no volver a ver.

Pero no podrá ser. Ayer murió la mamá de Maru, mi amiga y seguidora de “La zona prohibida”. Hoy mi hermana y mi otra amiga de rulos están lejos. Hoy el mundo me resulta un lugar devastador. San Telmo, los desarropados, los almacenes y las bellísimas turistas que navegan por Defensa, los acróbatas del Parque Lezama y el eterno otoño de la Plaza Dorrego. Odio este mundo. Nadie me enseñó a odiar. Aprendí solito observando puntillosamente a los docentes de mi infancia, tan dedicados a liquidar mi cuentagotas con electricidad. Por suerte, ni ellos consiguieron arrebatarme los antídotos que tempranamente descubrí: la escritura y el afecto.

A los doce años creí que iba a enloquecer de dolor, hasta que encontré ese extraño artilugio de signos. En mis manos tenía un arma. Escribir hasta que el asco, la náusea y el vómito germinen en un ardor estomacal imprescindible, suban hasta la garganta como un caudal energético y estallen en una feroz eyaculación bucal. Escribir por amor. Amor a una profesión, un perro, a otra persona. El amor que nos lleva hacia el riesgo, el derrumbe, la putrefacción. El amor sin excusas, sin coimas y sin futuro. El amor que nos libera de todos los miedos. El amor que nos enseña para qué vinimos al mundo.

Hoy no queda más remedio que caminar, aun sin mi cabeza, bordeando un zócalo taciturno de mi nueva casa, detenerme en un rincón y sembrar una infinita lágrima de acero, como lo hacía de niño cuando el dolor desbordaba mis venas.

Cuarenta grados de fiebre durante tres días sensibilizan a cualquiera. Incluso a un afrancesado en recuperación. A este viejo Diego, a quien un día le fue revelado para qué vino al mundo. A este nuevo Diego, a quien semejante idea le resulta indiferente. Sólo los vivos deberían gozar y sufrir. Revelación e indiferencia. Los muertos no deberían sentir nada.

“Falleció mi mamá”, dijo Maru a través de un mensaje de texto.


Y la oscuridad de la tierra se trepó a mí como una serpiente hipnotizada.
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(dijo Diego)

2 comentarios:

  1. AMIGO, CALCULO QUE SOY YO TU AMIGA DE RULOS FRONDOSOS NO? TE CUENTO ANDO UN POCO TRISTE HOY A LA NOCHE TE ESCRIBIRE UN MAIL CONTANDOTE UN POCO, ME GUSTARIA PODER AYUDARTE CON LA ORGANIZACION DE TU NUEVA CASA...

    TE MANDO UN ABRAZO

    CATA

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  2. Sí, Cata. Sos mi amiguita de rulos frondosos.
    ¿Triste?, ahora bueno somos dos. Pero a no desesperar. En breve cambiará el viento, lo siento en mis dedos.

    Abrazo fuerte para vos también, Cata.
    DIEGO

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