sábado, 17 de abril de 2010

Mar abierto

Tener un gran día es terrible. Insoportable. Casi morboso.

El gran día despierta incorruptible en su caudal de furia. Recorre sus conductos el flujo paciente de su armónica entrega. Crece y estalla en dos o tres espasmos, que el cuerpo interpreta en su jovial intuición. Respira el gran día a través de esta sonrisa de carne que declama la clausura de la cita, el quiebre de la referencia autorizada.

El gran día no duele, por eso es ruinoso y desechable. Efímero.

El gran día envejece, le asoman canas con punzantes estrellas y arrugas de madrugada. Lo abandonamos y nos abandona. Entonces, quedamos a la buena de dios, con el insomnio pegado entre los dientes. A la deriva.

El gran día muere. Lo olvidamos. Nos olvida. Pero no es un lamento, sino una obligación ética, un ardid del desencanto, el ritual que nos convoca. La grieta que nos perturba.
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Amanece y seguimos despiertos.
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(DIJO CASI SIEMPRE DIEGO, EL MAL)
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2 comentarios:

  1. Compñaero Zanetti: Esperemos que el 2012 sea definitivo. Si los astrologos no le pifian, en breve seremos polvos de estrellas.

    Abrazos

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  2. Cierto, compañero, que vuele todo a la mierda. Ya es hora de terminar con esta puesta en escena.
    Abrazo,
    DIEGO

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