Ingresó al despoblado auditorio poco antes del inicio de la disertación y se ubicó en la última fila, a pasos de la puerta. Con discreta mirada husmeó el edificio. Escuchó saludos cercanos e interpretó algunos gestos para agudizar su concentración. Atrajo su atención la juventud del público: hombres y mujeres de no más de cuarenta años. Intentó clasificar a los ancianos, pero desistió casi de inmediato. Chequeó el reloj e introdujo sus manos en los bolsillos del pantalón. Veinticinco grados centígrados. Estiró las piernas, siguió con la mirada los pasos de una figura que eligió la segunda fila.
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Súbitamente, unas características lo arrinconaron hacia unos fatigosos recuerdos. El color y el volumen del cabello. Algunas líneas que recorrían el contorno que inventó para su rostro. La proximidad en la estatura. Indudablemente no era, no podía confiar en un ramillete de similitudes. Sin embargo, insistió en la contemplación de aquella figura, ubicada detrás de un frondoso laberinto de egocentrismo y murmullo. Analizó las diferencias. Maldijo los años como aliados ineficaces. Fragmentó los ojos, las fosas nasales. Integró los hombros. En un saludable ritmo de elucubración, lo sorprendió la primera exposición.
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Cuando le pidieron que se corriera hacia la derecha, observó que el auditorio estaba colmado. Padeció la falta de oxígeno y los agónicos rayos de luz que se filtraban por el estéril reducto. Especuló que otro ángulo le proporcionaría un campo perceptivo esclarecedor. No era. Algunos misterios suelen engañar más de lo que un inocente fabulador puede llegar a suponer.
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El primero de los oradores -un profesor con cara de para qué vine- evocó lúcidamente los antecedentes estéticos, junto al proyecto económico y político donde se inserta el campo de estudio. Recorrió los inicios, los cimientos y los tongos que lo sostienen. El académico continuó durante treinta minutos, con algunos intercambios entre algunas elucubraciones intelectuales y otras referencias fácticas. Cada tanto, el llanto inoportuno de un niño enturbiaba el relato.
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Simuló interés hasta que sus ojos y cuello repitieron el sendero. Desde lejos, el parecido era importante. Un relámpago mental le punzó el estómago. Buscó los cigarrillos adheridos en el bolsillo del pantalón, los estrujó. Maldijo a la anciana de sonrisa obsecuente, que al apoyarse en el respaldo le ocultaba su objetivo. Distrajo su ansiedad con el provocador remate de las perspectivas institucionales. Sintió una reconfortante calma al observar su reloj y oír el preludio de la segunda exposición, extensa pero sin fisuras.
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Retornó a su alteración debido al fotógrafo intruso que se interpuso a la percepción de la duda. Imaginó al disertante tomando a la figura como muestra de sus dichos: consultaría sus hábitos, preguntaría su nombre y confirmaría su intuición. Cuando se repuso, descubrió al fotógrafo a un costado de los oradores e intentó convencerse de que no existía parecido alguno. Pensó en salir a fumar, pero la posibilidad de perder su lugar o convertirse él en un objeto visual lo obligó a retomar el argumento expositivo. Aquella figura era la persona. Diagramó el instante de la salida con un ardid que incluía una serie de movimientos que le facilitarían los segundos y lugares debidos para que se produjera la supuesta coincidencia de los cuerpos. Debía rendir pleitesías a la cautela. ¿Qué palabras diría? Docenas discriminó, arrinconó las que pudo. ¿Y si la figura ignoraba su presencia? ¿Y si estaba en una posición aún más ruinosa que en el falible orden de los sentidos? Desplazó, con el eufórico aplauso de cierre, esa batería de sospechas. Optó por el pragmatismo. Quizás, el azar no volviera a ser tan generoso. Husmeó, veloz y sin discreción, los abúlicos detalles del edificio. Buscó a la figura. La observó fragmentada entre los espacios muertos de unas ramificaciones genealógicas sin abolengo. Erguirse, ayudado por la silla, o detenerse en la puerta, sería una irrevocable imprudencia. ¿Cómo sostener la eventualidad? Intentó reprimir sus impulsos. No supo si acercarse por el costado, desde el pasillo formado entre la primera fila y la tarima que sostenía a los oradores o caminar entre la jungla de sillas, quitándose de encima a los imbéciles que lo alejaban de la coincidencia.
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Avanzó. Una multitud de cremas y perfumes le hizo perder los últimos resabios de calma. Retrocedió. Junto a un racimo de cuerpos marchitos perdió la referencia. Creyó verse en un bosque deshabitado, en un sueño irreconciliable. Elevó la vista y observó, próximos, los rostros de los disertantes. Estiró su mano en forma de plegaria, más que como un gesto de reconocimiento. Para aliviar el mareo se apoyó en una pared, pero el tiempo lo consumía. Luego, se ahogó en una correntada que victoriosa rompía en la salida. Sin detenerse, encendió un cigarrillo, secó el sudor que nacía de su frente, buscó en la esquina, encontró un ejército de peatones surcando la avenida, comprendió que no había nada que hacer. Experimentó un leve deseo de llanto. El espléndido atardecer le era indiferente. Aligeró el paso, agudizó su concentración, creyó verla. ¿Alguna vez dejaría de interponerse la irresolución del deseo? Esquivó transeúntes con la sagacidad de una serpiente y la lucidez que origina la desesperación. Entró a un kiosco siguiendo el recorrido de la figura. Una feroz y repentina nausea lo paralizó en la puerta. Las inquisiciones de la noche lo envolvieron casi con cariño. Recibió la ayuda del empleado y un florista tan solidario como chismoso. En el kiosco sólo estaba el empleado. ¿Cuándo se habría iniciado la escalada errónea? Agradeció el vaso con agua, sintió deseos de estrangular al joven del kiosco con su condescendiente mirada. Prefirió comprarle unos caramelos. Discúlpeme, tuve un día espantoso. Sintió pena de sí mismo. Por reflejo, o por un increíble gesto de salud mental, sonrió y vomitó una suave tos de clausura. Creyó que sus hombros se derrumbarían, apenas si alcanzó a estirar el brazo. Lo sorprendió la correspondencia del conductor del atiborrado ómnibus. Recordó haber leído, alguna vez, que todo lo que atañe al hombre es inestable. Avanzó entre ancianas, valijas punzantes y los hedores de la jornada. Una repentina frenada originó una cotidiana estampida de cuerpos inertes. Aprovechó para acercarse. Una nueva energía se activó en su organismo al colocarse frente a la persona que le recordó a la figura del auditorio. Comprendió que la estructura de su discurso se había disuelto junto con su estampa. Las colmadas emociones en su rebelde cuerpo, el abandono del mundo, padeció al sentirla demasiado ausente, misteriosamente arbitraria.
.(alguna vez, dijo Diego)
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Muy bueno diego.
ResponderEliminarUn abrazo
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