lunes, 28 de septiembre de 2009

Camus

Hoy ha muerto mi abuela. O quizás ayer. No lo sé.

Otra vez, la avenida se volvió lenta. Segundos antes, conversaba con mi buen amigo Mariano. El leve grado de alcohol que corría en mi sangre me animaba a caminar con agrado sobre la intersección donde días antes me habían atracado. Sin embargo, otra vez recorro la noche bajo el influjo de mi anemia espiritual, subordinado a la dinámica discreción de mi lengua.

Falleció, murió, dejó de existir. Al fin y al cabo, Isabel simplemente detuvo ese extraño hábito de ocupar un lugar en la indiferencia espacial y temporal que compone la infinitud del universo. Eso hizo mi abuela, o eso le sucedió. Habría que discutirlo.

Dejó de llover, pero sigo sin dormir. Ahora estoy acomodando mis cosas. Esperando que amanezca para tomar un colectivo hasta la ciudad que abandoné a los dieciocho años y olvidé a los veintipico. Para ofrecerle un abrazo a mi viejo y darle a entender que lo quiero. Y si fuera posible, decírselo.
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(dijo Diego)
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3 comentarios:

  1. Me encantó el relato!
    No solo en el lenguaje que empleazas, que es muy sutil y metafórico, sino que en medio de la historia surgue otra que no tiene conexión aparente.
    Besootes!

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  2. Chas gracias, MM. También disfruté con los cuentos del pernicioso lácteo. Abrazo. Diego.

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  3. Que decir después de recibir tanto en tan pocas lineas.
    Que decirte después de cada una de tus palabras
    Decir,Sentir,Morir...que sé yo.
    Un abrazo de la ciudad que te amó desde que naciste y que te recuerda desde que te fuiste.
    Angie.

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