Me duele una muela, tengo una contractura morbosa y un resfrío tan amable como furtivo. Quisiera morirme por un rato.
Así, muerto, no tendría que encerrarme en edificios mercantiles para recodarme que soy un esclavo higiénico. De esos que no merecen la sombría vagancia del adolescente ni la aplicada libertad del inquieto. Los manuales de autoayuda me despreciarían por el desencanto promiscuo de mi funcionalidad y Dios me escupiría por tibio.
Tengo las articulaciones gastadas. La vida me afanó el apéndice, me sustrajo el tendón de Aquiles, me reveló algunas emociones infrecuentes. Estoy cansado, algo triste y relativamente desintoxicado. Menos pasional. Cada vez más sincero.
Debería quejarme más a menudo o escribir unos tangos hipocondríacos, resentidos y solitarios. O relajarme, diría Catalina. El problema de Adán era que no tenía las coordenadas sociológicas para escribir una canción. No es el amor lo que moviliza el mundo, sino la demografía.
No son días de nieve en Buenos Aires. Al contrario, lo previsible acumula sus incertidumbres entre los analgésicos que ingiero para calmar mi necesidad de alejar el dolor. Para no sentir nada. Los muertos no deberían sentir nada.
De ese modo, no tendría que cuidar mi cuerpo de las pandemias ni preocuparme, biológica y existencialmente, por extender mi vida. Sólo bastaría una respuesta para todos los interrogantes que el votante promedio tendría para formularme: “Soy un muerto” o “Estoy muerto” (habría que discutirlo). Y ellos me responderían: “Disculpe, no pude identificarlo”, por la discreta razón de que no somos capaces -vivos o muertos- de sostener la mirada del otro, o más bien porque no podemos interrogarlo, develarlo, liberarlo. Lo preferimos domesticado, sano, unívoco.
Tengo sueño y bastante hambre. Pienso en el desayuno y en todas las actividades que me esperan detrás de la puerta. Me sobran tres horas para decidir si saldré al mundo o tendré que inventar una excusa para continuar protegido bajo las frazadas.
Quisiera romper el conjuro. Mi carne averiada rebuzna el silencio que designa mi nombre. Antes que una muela y el cuello, me duelen algunas palabras. Las que busco en la oscuridad, corrijo y me envuelven a través del murmullo ausente que me aguijonea.
Pronto amanecerá.
(dijo Diego)
Así, muerto, no tendría que encerrarme en edificios mercantiles para recodarme que soy un esclavo higiénico. De esos que no merecen la sombría vagancia del adolescente ni la aplicada libertad del inquieto. Los manuales de autoayuda me despreciarían por el desencanto promiscuo de mi funcionalidad y Dios me escupiría por tibio.
Tengo las articulaciones gastadas. La vida me afanó el apéndice, me sustrajo el tendón de Aquiles, me reveló algunas emociones infrecuentes. Estoy cansado, algo triste y relativamente desintoxicado. Menos pasional. Cada vez más sincero.
Debería quejarme más a menudo o escribir unos tangos hipocondríacos, resentidos y solitarios. O relajarme, diría Catalina. El problema de Adán era que no tenía las coordenadas sociológicas para escribir una canción. No es el amor lo que moviliza el mundo, sino la demografía.
No son días de nieve en Buenos Aires. Al contrario, lo previsible acumula sus incertidumbres entre los analgésicos que ingiero para calmar mi necesidad de alejar el dolor. Para no sentir nada. Los muertos no deberían sentir nada.
De ese modo, no tendría que cuidar mi cuerpo de las pandemias ni preocuparme, biológica y existencialmente, por extender mi vida. Sólo bastaría una respuesta para todos los interrogantes que el votante promedio tendría para formularme: “Soy un muerto” o “Estoy muerto” (habría que discutirlo). Y ellos me responderían: “Disculpe, no pude identificarlo”, por la discreta razón de que no somos capaces -vivos o muertos- de sostener la mirada del otro, o más bien porque no podemos interrogarlo, develarlo, liberarlo. Lo preferimos domesticado, sano, unívoco.
Tengo sueño y bastante hambre. Pienso en el desayuno y en todas las actividades que me esperan detrás de la puerta. Me sobran tres horas para decidir si saldré al mundo o tendré que inventar una excusa para continuar protegido bajo las frazadas.
Quisiera romper el conjuro. Mi carne averiada rebuzna el silencio que designa mi nombre. Antes que una muela y el cuello, me duelen algunas palabras. Las que busco en la oscuridad, corrijo y me envuelven a través del murmullo ausente que me aguijonea.
Pronto amanecerá.
(dijo Diego)
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Exquisita prosa. ME gustaría investigar este monólogo a través del movimiento. Qué os parece? Lele.
ResponderEliminarMe parece genial, Lele. Todo lo que anda por este sitio les pertenece. Diego.
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