El árbol de la buena muerte: así se llama un cuento de Héctor G. Oesterheld, editado por Pablo Capanna en una antología que compré cuando era niño. En ese texto, donde los ancianos mueren a gusto, nadie posee la capacidad ni el derecho de robarle la muerte a otro hombre. Incluso, la agonía es representada como una entrega despojada de toda contraprestación, similar a la del príncipe feliz de Oscar Wilde, pese a que luego el generoso noble fuera castigado con el bronce y el cielo.
Sin una aparente relación directa con aquellas ideas, hace poco escuché decir a Christian Ferrer que la ciudad moderna industrial es una metamorfosis de la esfinge derrotada por Edipo. Preguntas vitales contemporáneas: la estabilidad laboral y emocional, la muerte en el contexto emergente de la idea de progreso. Respuestas: la acumulación de objetos, el juvenilismo y la farmacopea. Entonces, imaginé una respuesta en forma de desvío: el ataque de pánico, la angustia, las depresiones, el dolor. Un cuerpo paralizado (¿envejecido?) es una rebelión intestina, un placer secreto que podemos hallar en Gregor Samsa, diría Daniel Mundo.
Por su parte, Borges dijo, casi en 1986, en una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, que un hombre debe ser feliz -o al menos simularlo- para el agrado de quienes tienen el mal gusto de apreciar a alguien que piensa semejante tontería. Pese al riesgo de caer en tal imbecilidad sensiblera, me gustaría ser un artesano de la palabra. Alguien que con un chicotazo develara el verdadero arte de la simulación, tal como sucede en Tema del traidor y del héroe. También quisiera ser Bob Dylan, cantar Forever young y terminar aquí mi trabajo. Pero semejantes sutilezas me resultan imposibles (el talento es uno de los tantos eufemismos de la indeterminación).
Pensando en aquello, retomé un texto de Julio Cortázar que habla de las metamorfosis del diario hasta volverse envoltorio para la acelga. Tal sugerencia me pareció muy pertinente para esta digresión. Tanto la literatura como el periodismo actual requieren de una entrega ascética, constricción y lecturas previas; buscar hasta que el encuentro no signifique nada. En parte, eso es la poesía: liquidar el concepto de utilidad, trasquilar el lenguaje, cagarse en los siglos y siglos de lírica previa. Para ello es necesario un acabado espíritu de combate y una erudición más que sólida. Una vez inserta en sus dominios, la poesía puede prescindir de la historia. Extendiendo el argumento, la literatura trascendente no envejece porque, en ella, el pasado no es un lastre al que haya que disculpar o rendirle pleitesía. ¿Ocurrirá lo mismo con los hombres? Ni los grandes relatos ni los hombres imprescindibles reclaman el consuelo de la farmacopea, el juvenilismo o la acumulación de objetos. Por su parte, al periodismo le urge el pasado (el inmediato y el otro). Al periodismo le está vedada la bendita zona erógena de la que tanto hablo Rabelais; necesita asimilar series históricas más que excretar un abordaje estético.
De este lado, Nicolás. En el otro, un ejército de insectos vetustos, simulando felicidad y sabiduría; simulacros carnales a quienes se les debe regular la alimentación, las emociones y el encuentro con la esfinge. ¿Por qué digo que Nicolás no era sólo esto último? No tengo respuestas irrefutables. ¿No fue tal cosa porque estaba rodeado de otros jóvenes, aspiraba a poco, tenía menos y bebía alguna que otra copa? Imposible de comprobar. ¿Y por qué vivó tanto? Según sus palabras: “Son cosas del Señor. Si yo fuese un sinvergüenza, no viviría”. Veinticinco años después, no puedo desmentirlo, porque jamás lo hubiese convencido de lo contrario, o tal vez porque el Señor todavía decide quién vive y quién no. Desde luego, el Señor tiene hoy otra fisonomía y otros exégetas, aunque a las deidades contemporáneas tampoco podemos verlas (uno de los tantos secretos que nos legó Kafka).
“Papá odiaba Buenos Aires, porque había muchas luces”. “El abuelo Nicolás decía que el hombre no había llegado a la luna. Él creía que se trataba de una puesta en escena. Para él, la luna representaba algo mágico, sagrado”. Al cabo, sólo hablamos de interpretaciones.
(Dijo Diego)
Sin una aparente relación directa con aquellas ideas, hace poco escuché decir a Christian Ferrer que la ciudad moderna industrial es una metamorfosis de la esfinge derrotada por Edipo. Preguntas vitales contemporáneas: la estabilidad laboral y emocional, la muerte en el contexto emergente de la idea de progreso. Respuestas: la acumulación de objetos, el juvenilismo y la farmacopea. Entonces, imaginé una respuesta en forma de desvío: el ataque de pánico, la angustia, las depresiones, el dolor. Un cuerpo paralizado (¿envejecido?) es una rebelión intestina, un placer secreto que podemos hallar en Gregor Samsa, diría Daniel Mundo.
Por su parte, Borges dijo, casi en 1986, en una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, que un hombre debe ser feliz -o al menos simularlo- para el agrado de quienes tienen el mal gusto de apreciar a alguien que piensa semejante tontería. Pese al riesgo de caer en tal imbecilidad sensiblera, me gustaría ser un artesano de la palabra. Alguien que con un chicotazo develara el verdadero arte de la simulación, tal como sucede en Tema del traidor y del héroe. También quisiera ser Bob Dylan, cantar Forever young y terminar aquí mi trabajo. Pero semejantes sutilezas me resultan imposibles (el talento es uno de los tantos eufemismos de la indeterminación).
Pensando en aquello, retomé un texto de Julio Cortázar que habla de las metamorfosis del diario hasta volverse envoltorio para la acelga. Tal sugerencia me pareció muy pertinente para esta digresión. Tanto la literatura como el periodismo actual requieren de una entrega ascética, constricción y lecturas previas; buscar hasta que el encuentro no signifique nada. En parte, eso es la poesía: liquidar el concepto de utilidad, trasquilar el lenguaje, cagarse en los siglos y siglos de lírica previa. Para ello es necesario un acabado espíritu de combate y una erudición más que sólida. Una vez inserta en sus dominios, la poesía puede prescindir de la historia. Extendiendo el argumento, la literatura trascendente no envejece porque, en ella, el pasado no es un lastre al que haya que disculpar o rendirle pleitesía. ¿Ocurrirá lo mismo con los hombres? Ni los grandes relatos ni los hombres imprescindibles reclaman el consuelo de la farmacopea, el juvenilismo o la acumulación de objetos. Por su parte, al periodismo le urge el pasado (el inmediato y el otro). Al periodismo le está vedada la bendita zona erógena de la que tanto hablo Rabelais; necesita asimilar series históricas más que excretar un abordaje estético.
De este lado, Nicolás. En el otro, un ejército de insectos vetustos, simulando felicidad y sabiduría; simulacros carnales a quienes se les debe regular la alimentación, las emociones y el encuentro con la esfinge. ¿Por qué digo que Nicolás no era sólo esto último? No tengo respuestas irrefutables. ¿No fue tal cosa porque estaba rodeado de otros jóvenes, aspiraba a poco, tenía menos y bebía alguna que otra copa? Imposible de comprobar. ¿Y por qué vivó tanto? Según sus palabras: “Son cosas del Señor. Si yo fuese un sinvergüenza, no viviría”. Veinticinco años después, no puedo desmentirlo, porque jamás lo hubiese convencido de lo contrario, o tal vez porque el Señor todavía decide quién vive y quién no. Desde luego, el Señor tiene hoy otra fisonomía y otros exégetas, aunque a las deidades contemporáneas tampoco podemos verlas (uno de los tantos secretos que nos legó Kafka).
“Papá odiaba Buenos Aires, porque había muchas luces”. “El abuelo Nicolás decía que el hombre no había llegado a la luna. Él creía que se trataba de una puesta en escena. Para él, la luna representaba algo mágico, sagrado”. Al cabo, sólo hablamos de interpretaciones.
(Dijo Diego)
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