Perdí la cabeza. La suerte que tengo de existir así, tal vez su carácter singular, se debe a la fatalidad que le es inherente. Por decirlo de alguna forma: he perdido la cabeza y sigo en vida, envejeciendo como mis padres.
Pero a mí no me la cortaron como al acéfalo que imaginó Cortázar, ese pobre condenado a quien luego no pudieron enterrarlo porque había estallado una huelga. Yo la perdí. No tuve que reposicionar mis sentidos, porque ellos continúan con su inestable fluir. Lo que yo perdí fue la capacidad de transformar un ramillete de palabras en un argumento. Mi caso es distinto.
¿Cómo hago para vivir sin una cabeza? No se puede. Sinceramente, espero que otro la encuentre y haga un buen negocio en una casa de empeño, para que luego la compre mi hermana y la deje en silencio sobre el borde de mi cama, mientras maldigo a Dios con la escasa potencia que le queda al resto de mi cuerpo.
Solía tener una desvergonzada nariz proveniente de los arrabales de Italia y una barbilla que nunca abandonó su pulcritud lampiña de adolescente. También tenía los ojos saltones y unas pestañas largas como mi desdicha. Sí, era un rostro feo, pero le tenía cariño, lo cuidaba y, al menos, servía para que algunas personas me identificaran entre las muchedumbres. Ahora no tengo cabeza. No tengo rostro.
Me convertí en un idiota, y ni siquiera en uno interesante como aquellos que nos legó Emilio Cavazzoni. Alguien dice que, al cabo, una cabeza no es indispensable para las actividades cotidianas. Pero sucede que si bien soy un idiota que no puede recordar voluntariamente ni razonar, aún puedo distinguir el sabor de una mentira.
Quisiera irme a un lugar sin montañas ni océanos. Sentarme en el pasto seco de una plaza y rozar con los dedos la huella abúlica de mi ausencia. Necesito rastrear entre las hojas del otoño el cansino paso de mi cabeza. Quisiera convencerla para que vuelva y se quede conmigo. Si fuera necesario, nos desprenderíamos del resto del cuerpo. Necesito que vuelva para que me explique el origen de este infortunio. Para que huyan los fantasmas que escamotearon mi lengua.
Debo recuperar mi palabra. El gesto no pudo haberse marchado porque sí. Combato esta noche fría y negra con el aroma de un té de frutilla. Acaricio levemente los bordes de la taza, corrijo un error de ortografía e intuyo los, cada vez más furiosos, golpes en mi puerta.
Afuera, todos duermen.
(plagió Diego)
Pero a mí no me la cortaron como al acéfalo que imaginó Cortázar, ese pobre condenado a quien luego no pudieron enterrarlo porque había estallado una huelga. Yo la perdí. No tuve que reposicionar mis sentidos, porque ellos continúan con su inestable fluir. Lo que yo perdí fue la capacidad de transformar un ramillete de palabras en un argumento. Mi caso es distinto.
¿Cómo hago para vivir sin una cabeza? No se puede. Sinceramente, espero que otro la encuentre y haga un buen negocio en una casa de empeño, para que luego la compre mi hermana y la deje en silencio sobre el borde de mi cama, mientras maldigo a Dios con la escasa potencia que le queda al resto de mi cuerpo.
Solía tener una desvergonzada nariz proveniente de los arrabales de Italia y una barbilla que nunca abandonó su pulcritud lampiña de adolescente. También tenía los ojos saltones y unas pestañas largas como mi desdicha. Sí, era un rostro feo, pero le tenía cariño, lo cuidaba y, al menos, servía para que algunas personas me identificaran entre las muchedumbres. Ahora no tengo cabeza. No tengo rostro.
Me convertí en un idiota, y ni siquiera en uno interesante como aquellos que nos legó Emilio Cavazzoni. Alguien dice que, al cabo, una cabeza no es indispensable para las actividades cotidianas. Pero sucede que si bien soy un idiota que no puede recordar voluntariamente ni razonar, aún puedo distinguir el sabor de una mentira.
Quisiera irme a un lugar sin montañas ni océanos. Sentarme en el pasto seco de una plaza y rozar con los dedos la huella abúlica de mi ausencia. Necesito rastrear entre las hojas del otoño el cansino paso de mi cabeza. Quisiera convencerla para que vuelva y se quede conmigo. Si fuera necesario, nos desprenderíamos del resto del cuerpo. Necesito que vuelva para que me explique el origen de este infortunio. Para que huyan los fantasmas que escamotearon mi lengua.
Debo recuperar mi palabra. El gesto no pudo haberse marchado porque sí. Combato esta noche fría y negra con el aroma de un té de frutilla. Acaricio levemente los bordes de la taza, corrijo un error de ortografía e intuyo los, cada vez más furiosos, golpes en mi puerta.
Afuera, todos duermen.
(plagió Diego)
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Un muy buen comienzo es el empezar a escribir. Suerte en la busqueda. Aun que conociendote se lo poco que vas a buscas ;) Una vez mas, con gusto, tendre que ayudarte.
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