Un anciano es una perspectiva hostil, un cuerpo improductivo que debe durar lo máximo posible en las condiciones menos humanas posibles. Un desborde, un segmento dócil, el siguiente estertor que marca la cadencia de la única certeza posible: la desgracia, o la bendición, de la clausura. La vejez es la rebaba de la intrínseca y vital voluntad del hombre.
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Cuando mi padre supo que Nicolás llegaría de visita desde Santa Fe, pensó que “lo traerían en un carro”. Aunque no pudo definir en qué tipo de carro, supongo que se refería a un carruaje fúnebre, parecido al que una vez observó en una película de tiros. Y así imagino que lo imaginó mi padre, porque un hombre centenario no puede viajar cuatrocientos kilómetros en tren, bajar de la mano de su mujer y deleitar a todos con su humor. Cuando Nicolás invitó a mi papá a que lo acompañara a saludar elegantemente a las señoritas que pululaban en el barrio, no hacía otra cosa que darle una lección y recordarle que ese viejo pícaro había traído consigo la estirpe completa de los Buendía. “¿Cómo es posible que alguien tan joven estuviera así de achacao?”, la inquirió a mi madre tras la visita de un conocido suyo de apenas ochenta años. Cualquier respuesta hubiese sido una aventura irreconciliable. Así de extraña era la cuestión. En tal sentido, Delia Santucho, mi abuela materna, asegura que su padre dialogaba con el futuro entre sus dedos: “De joven o de viejo, papá siempre hablaba de sus proyectos”. Proyectos simples: visitar a un hijo, conseguir nuevas gallinas y montar su caballo bajo el atardecer santafesino.
“Es un hombre optimista“, aseguró Gustavo Sierra, el periodista que lo entrevistó en 1980. La entrevista es escueta, estereotipada y bastante maniquea; o sea, muy bien escrita. Tampoco había que ser muy hábil para hacerlo hablar. Nicolás conservó, hasta poco antes de su muerte, una lucidez impecable y una memoria por demás sospechosa. No obstante, a los ciento dieciséis, el final era una amenaza concreta. Los incipientes desvaríos eran los síntomas irrefutables. Un año después, a los ciento diecisiete, cuando dormido balbuceó un supuesto diálogo con sus hijos muertos, todos sabían de qué se trataba. Sin embargo, tras algunas horas de un absurdo soliloquio, despertó y pidió una taza de mate cocido y la presencia de su hijo mayor, a quien, por entonces, la familia le había perdido el rastro. Aunque las notas periodísticas lo desmientan, Nicolás era bastante más que una excentricidad sin un peso ni bolsillo. Aun postrado, por un accidente que le disolvió la cadera, lo tenía todo: alguien que le alcanzara su elixir y otro que escuchara su encuentro a caballo con el hijo de Dios. También tuvo a Gerónimo, el retoño más antiguo. Poco después, Nicolás murió.
Intuyo que el viejo Santucho nunca se enteró de su pobreza, ni supo que la visión celestial, que narró con detalle, era un fragmento de la urdimbre mensurable que sólo los neurocirujanos son capaces de descifrar. Aún no consigo reconstruir la imagen de Nicolás cabalgando con Jesús y negándose a cruzar la frontera virgen hasta no ver a su primogénito. Más allá del disparate, me atraviesa la idea de que las sensibilidades que proyectan las grandes metrópolis pulverizan parte de nuestras potencialidades de abstracción. Al menos, me queda la insinuación (detectada por Tomás Abraham) de que la literatura no incluye el inmanente origen de la ficción. Supongo que lo mismo ocurre con las herramientas tecnológicas e intelectuales de los neurocirujanos.
Vejez, divino tesoro que condena a los hombres hacia un desfiladero de compasivos parientes o covachas con disposiciones peligrosamente similares a los campos de concentración. ¿Qué tipo de logro implica la expansión de la esperanza de vida, cuando el lugar social que ocupa el anciano se condensa en la suma de sus carencias? ¿Vale la pena llegar a viejo, o se trata de una condena técnica y expiatoria? Quizás sea necesario un abordaje fenomenológico hacia esas preguntas, antes que emprender el tenebroso e inútil (sobre todo, inútil) camino de sus respuestas.
Cuando mi padre supo que Nicolás llegaría de visita desde Santa Fe, pensó que “lo traerían en un carro”. Aunque no pudo definir en qué tipo de carro, supongo que se refería a un carruaje fúnebre, parecido al que una vez observó en una película de tiros. Y así imagino que lo imaginó mi padre, porque un hombre centenario no puede viajar cuatrocientos kilómetros en tren, bajar de la mano de su mujer y deleitar a todos con su humor. Cuando Nicolás invitó a mi papá a que lo acompañara a saludar elegantemente a las señoritas que pululaban en el barrio, no hacía otra cosa que darle una lección y recordarle que ese viejo pícaro había traído consigo la estirpe completa de los Buendía. “¿Cómo es posible que alguien tan joven estuviera así de achacao?”, la inquirió a mi madre tras la visita de un conocido suyo de apenas ochenta años. Cualquier respuesta hubiese sido una aventura irreconciliable. Así de extraña era la cuestión. En tal sentido, Delia Santucho, mi abuela materna, asegura que su padre dialogaba con el futuro entre sus dedos: “De joven o de viejo, papá siempre hablaba de sus proyectos”. Proyectos simples: visitar a un hijo, conseguir nuevas gallinas y montar su caballo bajo el atardecer santafesino.
“Es un hombre optimista“, aseguró Gustavo Sierra, el periodista que lo entrevistó en 1980. La entrevista es escueta, estereotipada y bastante maniquea; o sea, muy bien escrita. Tampoco había que ser muy hábil para hacerlo hablar. Nicolás conservó, hasta poco antes de su muerte, una lucidez impecable y una memoria por demás sospechosa. No obstante, a los ciento dieciséis, el final era una amenaza concreta. Los incipientes desvaríos eran los síntomas irrefutables. Un año después, a los ciento diecisiete, cuando dormido balbuceó un supuesto diálogo con sus hijos muertos, todos sabían de qué se trataba. Sin embargo, tras algunas horas de un absurdo soliloquio, despertó y pidió una taza de mate cocido y la presencia de su hijo mayor, a quien, por entonces, la familia le había perdido el rastro. Aunque las notas periodísticas lo desmientan, Nicolás era bastante más que una excentricidad sin un peso ni bolsillo. Aun postrado, por un accidente que le disolvió la cadera, lo tenía todo: alguien que le alcanzara su elixir y otro que escuchara su encuentro a caballo con el hijo de Dios. También tuvo a Gerónimo, el retoño más antiguo. Poco después, Nicolás murió.
Intuyo que el viejo Santucho nunca se enteró de su pobreza, ni supo que la visión celestial, que narró con detalle, era un fragmento de la urdimbre mensurable que sólo los neurocirujanos son capaces de descifrar. Aún no consigo reconstruir la imagen de Nicolás cabalgando con Jesús y negándose a cruzar la frontera virgen hasta no ver a su primogénito. Más allá del disparate, me atraviesa la idea de que las sensibilidades que proyectan las grandes metrópolis pulverizan parte de nuestras potencialidades de abstracción. Al menos, me queda la insinuación (detectada por Tomás Abraham) de que la literatura no incluye el inmanente origen de la ficción. Supongo que lo mismo ocurre con las herramientas tecnológicas e intelectuales de los neurocirujanos.
Vejez, divino tesoro que condena a los hombres hacia un desfiladero de compasivos parientes o covachas con disposiciones peligrosamente similares a los campos de concentración. ¿Qué tipo de logro implica la expansión de la esperanza de vida, cuando el lugar social que ocupa el anciano se condensa en la suma de sus carencias? ¿Vale la pena llegar a viejo, o se trata de una condena técnica y expiatoria? Quizás sea necesario un abordaje fenomenológico hacia esas preguntas, antes que emprender el tenebroso e inútil (sobre todo, inútil) camino de sus respuestas.
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(dijo Diego)
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