viernes, 8 de mayo de 2009

En primera persona (dijo Diego)

A veces, los hombres aprenden a correr antes que a caminar. Cuando tal insignia se activa en un cuerpo, el movimiento se vuelve indeleble, perpetuo.

Nicolás es un niño que escapó de los efectos secundarios del proceso modernizador que crecía junto a él. Acurrucado entre zanjas y animales muertos, el pequeño de Cruz del Eje, nacido en 1864, conoció las restricciones que lo persiguieron hasta sus últimos días. Su madre, Plácida Guzmán, era quien lo escondía de las innumerables requisas de las fuerzas oficiales. Imperceptible, el tiempo se fue convirtiendo en una inquisición circular. Quizás por eso, la familia tuvo que emigrar hacia Entre Ríos, la provincia donde el niño escuchó decir a su padre que habían matado al dueño de los campos, al venerado y temido Justo José de Urquiza.

Nicolás es ahora un escuálido cadáver de escasa altura, cabellera consistente y barba candado. Atrás quedaron sus días como enjuto peón, capaz de cabalgar un pura sangre enardecido sobre la tórrida grama del infierno. Y yo lo veo en un cajón tan pobre como aseguran Radiolandia y La Razón que fue su vida. En Cañada de Gómez, algunos de sus hijos presencian el velorio, donde se huele carne asada en vez de flores y se escuchan conversaciones elocuentes en vez de llantos. La autocompasión no es el sentimiento preciso para definir a esta familia. Alguien acaricia mi cabeza, pero no respondo la cortesía. Nada me desvía del hombre que padeció en su carne las tensiones propias de la construcción burocrática de un país. El cuerpo inerte del niño Nicolás Santucho tiene ciento diecisiete años; el mío, el de Diego Zanetti, tiene dos.
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Ese fue mi primer encuentro con la muerte, con el reducto culminante de la vejez. El segundo incluyó a la mujer de Nicolás, Juana Retamoso, derrotada ella por la arteria esclerosis cuando había superado los cien años y vivía en Luján, provincia de Buenos Aires. “La abuela está muriendo”, sentenció mi mamá, nieta de Nicolás y Juana, bisnieta de Plácida Guzmán (que, según Nicolás, llegó a los ciento veinte) e hija de Delia, mi abuela de setenta y seis, que en plena vejez golpeó varias veces las puertas del cielo, para perplejidad de médicos y especialistas que recibieron cada vez la misma respuesta: “Querido, soy hija de longevos”. Algunos días después de las lúgubres e insondables palabras de mi madre, volvió el bullicio. Sin embargo, la vencida figura de Juana ya no podía ser vista. Si queríamos alejarnos de aquella frenética locura, había que dejar de nombrarla. Así, comprendimos que la muerte es una especie de liberación que se emite a través del olvido. Desde ese momento, nadie volvió a mencionar a Juana. Incluso, creo que es la primera vez que alguien lo hace desde aquellos años.
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(dijo Diego)
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