No cabe la menor duda, el día menos pensado nos obligarán a controlar la cantidad de palabras utilizadas durante el día. Y no será una imposición del todo macabra o aberrante. Así, el derroche oral pasará a engrosar los catálogos del capital simbólico legítimo. O sea, hablar innecesariamente será un lujo para unos pocos. Al superar, en veinticuatro horas, las mil palabras se cobrarán diez centavos por palabra y cinco por cada coma fonética, que será legitimada por un grupo de profesores ambulantes. No obstante, habrá un uso irrestricto en cuanto a las cualidades de las palabras seleccionadas. Por ejemplo, si alguien desea manifestar que “hace un frío de cagarse”, deberá invertir treinta centavos, ya que bien pudo haber dicho: “hace frío”, y ahorrarse así unas monedas.
Extendiendo el razonamiento, e intuyendo que la tentación especulativa no es más que un juego ocioso, sospecho que en tales circunstancias los cantos de las hinchadas futboleras serán superiores a los actuales. ¿Quién será, en ese liberador contexto, capaz de malgastar una emoción?
El mercado de los bienes simbólicos deberá reposicionarse o perecer junto con las pretensiones del barroquismo. Es inevitable: el mundo de las letras pertenece al orden del despojo. Entonces, cuando la empresa funcione sin obstáculos, estaremos completos y solos, junto con el vacío contiguo de un cuerpo fragmentado, que delata las huellas de nuestras carencias. Sentados sobre el crujir de un parque desierto, esperando, al cabo, que no pase nadie.
Extendiendo el razonamiento, e intuyendo que la tentación especulativa no es más que un juego ocioso, sospecho que en tales circunstancias los cantos de las hinchadas futboleras serán superiores a los actuales. ¿Quién será, en ese liberador contexto, capaz de malgastar una emoción?
El mercado de los bienes simbólicos deberá reposicionarse o perecer junto con las pretensiones del barroquismo. Es inevitable: el mundo de las letras pertenece al orden del despojo. Entonces, cuando la empresa funcione sin obstáculos, estaremos completos y solos, junto con el vacío contiguo de un cuerpo fragmentado, que delata las huellas de nuestras carencias. Sentados sobre el crujir de un parque desierto, esperando, al cabo, que no pase nadie.
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(Dijo Diego).
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