martes, 25 de enero de 2011

Diario íntimo


Solo deberían escribir las viejas aburridas y los cobardes, dado que escribir es buscar excusas laterales, recorrer la congoja de la autocomplacencia. Poblar la madrugada con suspiros demográficos.

El mercado vigila y designa nuestras perspectivas y cada uno de nuestros gestos. Los adolescentes, las viejas aburridas y los cobardes serían capaces de no verlo así. Ellos tienen esperanzas, ambiciones y un par de libros-insignias que muestran o citan cada tanto, para que algún imbécil de baja estofa los mire con éxtasis o admiración. La juventud apenas es un estilo de vida.

Me cansé de esos y esas idiotas que curran con la tristeza. Los pobres fornicamos, escuchamos cumbia y nos reímos hasta vomitar. Métanse esos libros y películas de mierda en los bolsillos. No los necesitamos. Habría que cerrar esas estafas espirituales que son las universidades de humanidades, cine, música y todos esos fiascos institucionales.

Necesito estar solo y furioso. La compañía y el afecto me pesan tanto como esos textos de morondanga que destilan resentimiento, odio de clase, mezquindad. Prolijos, vacíos, muertos. He visto y leído demasiado. Tal vez por eso prefiero quedarme anclado en el errante murmullo de una ciudad hecha y derecha como Buenos Aires. La próxima vez que tenga entre mis manos un libro de viajes (del estilo Caparrós) será porque en mi baño faltará papel higiénico.
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Por suerte, estoy llegando a la mitad de mi vida. No soportaría muchos años más de esta porquería, de estos guardianes de lo establecido. Me retiro cantando bajito, organizando mis actividades para ver una pelea de boxeo, ordenar la casa y comprar manteca. Para sacar de un estante a la vieja Antígona y volver a deslumbrarme con ella. Será un acto tan efímero, personal y placentero como fumar un cigarrillo de marihuana en el rincón más energético de mi cuarto.


HASTA LUEGO Y SALUD PARA TODOS

martes, 14 de diciembre de 2010

Ahora que no quedó nadie II

Ahora que no quedó nadie, puedo hablar tranquilo. Sin necesidad de poner puntos, comas ni otras correcciones. Puedo comunicarme a gusto con los dos o tres locos que quedaron por acá. Los únicos interesantes, aunque nos crucemos una cada mil. Voy a escribirlo sin volver atrás, sin mirar la estela de lo que será. Sin ediciones y sin retorno.

Voy a decirlo rápido: si pasás por acá y considerás que el boxeo es una mierda, tomate el barco. Chau, ni se te ocurra volver, andá a tomar un té al Paseo la Plaza y hacete ver por un dentista. Listo. Eso era todo, podemos seguir en paz. En realidad, lo que sigue es una respuesta al compañero chiflado que se burla de mi afrancesamiento.
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Creo que el Chino Maidana perdió la pelea con ese carilindo canchero. Lo vi perder por muy poco, según las reglas que imperan en el boxeo. Khan dominó la mayor parte de la contienda, punteó, anticipó, se repuso y hasta logró derribar al Chino en el primero. Ganó merecidamente.
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Pero sucede que Madiana no se quedó con la derrota. Fue un martirio para el canchero ese. Lo cagó bien a trompadas. Le arruinó la cara, el ánimo y lo dejó medio tonto al final, con unas pelotas a prueba de un ataque de ansiedad. La fiereza con la que iba a los cruces era muy distinta al rostro bello pero sufriente de Khan. Maidana fue más boxeador, más humano. Se trenzó a golpes siendo menos veloz, teniendo menos talento y distancia que su oponente. Menos educación, elocuencia y belleza. Y perdió, desde luego, porque siempre ganan los buenos. Pero hizo que el festejo de Khan sea ridículo, ahí alzado por sus entrenadores.
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Así es como entiendo que se debe pelear y vivir. Poniendo el cuerpo y lo que se arrastra desde hace millones de años. Así te tienen que sacar de esta vida, con la convicción de que entregaste todo. Y que en ese proceso pudiste potenciar tus mejores virtudes. Generalmente, no alcanza. Siempre hay otro mejor, más rápido, más fuerte, más favorecido por el azar o las tarjetas. Sin embargo, las victorias y las derrotas son indiferentes. Solo se vive para ofrecer afecto y el mucho o poco talento que tenemos.
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Al cabo, hay que ver lo vacío que queda un rostro después de una victoria.
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miércoles, 24 de noviembre de 2010

El cuarto

El mismo ojo
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El mismo mes
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Me cansó
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Me duele
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Veo borroso
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Voy a perderlo
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El centro oftalmológico es ineficaz
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Voy a sacar turno para ver a un cura sanador
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O un quiosquero
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